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23 de mayo de 2022

Una nueva dinastía de faraones nazis

Una pequeña muestra de los nuevos faraones nazis surgidos gracias al coronavirus.


Ya no existe riesgo alguno, el control absoluto de la masa humana poblacional y la destrucción de sus necesidades biológicas y libertades individuales es ya un hecho.

El riesgo estaba en lo que aquellos escritores distópicos como Huxley, Orwell y Bradbury entre otros, escribían. Y no escribían novelas, era puro ensayo sobre el camino al que conducían las nuevas sociedades “democráticas”. De hecho,  todo intelectual entrevistado entre los años 70 y 80 del siglo pasado, levantaba las cejas con escepticismo cuando se hablaba de democracia. Los nazismos ocultos durante años han esperado con impaciencia que aquellos intelectuales murieran para que nadie recordara su escepticismo y desconfianza ante lo falsamente llamado “democracia” y que aquellos sabios sabían a donde conduciría.

Los líderes políticos de las falsas democracias en marzo del 2020 decidieron infectar sus naciones con el resfriado del coronavirus para eliminar viejos jubilados y pensionistas y aliviar así el gasto del estado; pero sobre todo para instaurar el pánico en una población envejecida, infantilizada y funcionalmente analfabeta, intelectualmente incapaz de discernir una estafa o mentira de la realidad. Y con ello, asestar un auténtico golpe de estado contra las mínimas libertades individuales y el control veterinario y psicológico de las masas.

Sin embargo, el coronavirus del neonazismo (posmodernismo le llaman algunos que tienen cierta dificultad para expresarse abiertamente), ha sido la herramienta para dar pista libre a la humillación del individuo (la masa humana ya no importa porque es prácticamente un rebaño manso a estas alturas de la historia, los individuos sí porque son detalles a pulir, a eliminar concretamente) y su ruina con los tributos de usura que los nuevos estados nazis (antes del coronavirus “democracias de pleno derecho”) han decretado contra la población con sus nuevas políticas del Cambio Climático.

 


 

Titulares absolutamente imbéciles y tremendistas de la prensa pro nazi machacando a la masa humana con el cambio climático y sus faraones nazis como intérpretes del libelo. Es pura estrategia nazi de inducción al miedo. A más miedo, más recaudan los farones nazis de la miedosa chusma o plebe. 


Libertad, cultura y arte se han eliminado o convertido en herramientas de control del pensamiento insectil humano, para que acepte la ruina, la extorsión y la esclavitud de los nuevos gobiernos sectarios nazis con buen talante y fe.

El llamado lenguaje “inclusivo” es una eficaz herramienta nazi de analfabetismo de la población; por poner un ejemplo de muchos actos contra la cultura.

Lo más llamativo por la codicia recaudatoria, lo descarado y sin elegancia alguna, ha sido el inicio de la persecución inquisitorial del tabaco (se pretende una humillación y purga del fumador de carácter religioso-nazi como se cometió contra los judíos) porque no es narcótico. Se trata de reconducir a las masas al consumo de marihuana como complemento al alcoholismo. Y hacer de ellos, como titulaba su novela Huxley: Un mundo feliz.

  


 



 

Titulares antitabaco de la prensa pro nazi publicados en un solo día.


Titular pro nazi para alentar el consumo de marihuana.


Táctica que tiene como fin conducir a la masa humana a una mayor sumisión o docilidad y tolerancia hacia el nazismo. Y por otra parte, al tratarse la marihuana de una droga ilegal, proporcionará su consumo masivo grandes beneficios a la corrupción estatal: reyes, presidentes, ministros, senadores, diputados, jueces, comisarios, etc… Los cobrarán como comisiones o sobornos como jamás antes los habían percibido en tanta cuantía.

Lo malo del tabaco y el alcohol para los actuales líderes delincuentes nazis del Cambio Climático, es que al ser sustancias legales, no les dan los beneficios suficientes y libres de impuestos para su ambición. Y por supuesto, no alelan completamente a la población.

Para llegar a este momento, durante décadas, ha sido necesaria una constante idiotización de las masas hasta retornarlas al analfabetismo de la edad media, infectarlas con miedo y así hacerlas dependientes del estado.

Lo que antes era un brazalete o insignia nazi, ahora es una vacuna o una mascarilla.


 


 

Fotos de los medios informativos pro nazis para alentar vacunación y mascarilla. Durante dos años sin descanso se publicaron miles de fotos iguales.


Es ahora que el miedo a un resfriado y a un cambio climático predicado como bíblico a todas las horas del día por los medios informativos prostituidos al nuevo nazismo, son aceptados con resignación por la chusma, y por ello besa la mano de sus respectivos jerarcas nazis como un rito religioso.

 


 


Serie de titulares de prensa pro nazi, publicitando una nueva epidemia y orientando de nuevo a la población al pánico y la mansedumbre hacia el nazismo, pagando de su pequeña nómina todo lo que le pidan los nuevos y normales faraones. Estos titulares son producidos cada día en cantidades industriales.


Una vez alimentada la masa con marihuana y alcohol, una vez sea instaurado “un mundo feliz” (en pocos meses al ritmo que lleva el nazismo), se decretará su nueva dieta: vegetal para evitar un desarrollo muscular excesivo (una mayor facilidad de las policías políticas para ejercer la extorsión y represión) y sin azúcar para evitar que llegue glucosa al cerebro y pueda funcionar con agilidad, rapidez y libertad.

No se trata de ninguna ilusión de conspiración, es un hecho constatable actual y en plena implantación aún; a cada minuto se crean más libelos dogmáticos para mantener a la masa humana distraída de su propia indignidad, humillación y ruina.

Todo comenzó con las conclusiones político-sociales y religiosas tras finalizar la Segunda Guerra Mundial. Los líderes políticos, militares, económicos y religiosos, se inspiraron en el nazismo de Hitler que supo convertir a cada uno de sus millones de habitantes en un solo pensamiento de odio asesino y ladrón, creando una auténtica colonia insectil cuyos dogmas se propagaban por estímulos eléctricos que corrían por la colmena, hormiguero o termitero.

Y a aquellos líderes del “mundo libre”, a los llamados “aliados”, les encantó la idea del nazismo y su poder sobre las masas. Su enriquecimiento faraónico. Y la llevaron de nuevo a cabo, en secreto con reuniones político-sociales-religiosas de corte masónico hasta llegar a este momento y recoger sus frutos en forma de montañas de dólares, euros, oro y poder.

Se ha encubierto la responsabilidad del pueblo alemán  y se ignora para evitar la verdad que deja en un lugar deleznable a la masa humana: mucho antes de que se llevara a cabo la “solución final del problema de los judíos” por parte del gobierno nazi alemán, los alemanes (como ciudadanos, como civiles, se constituyeron en hordas de fanáticos asesinos y ladrones), destruían los comercios judíos y asesinaban o apaleaban a todo judío para robar sin pudor e impunidad su dinero y pertenencias en una orgía absolutamente desbocada de crímenes y demonización de los que antes eran sus vecinos y amigos. Es la parte más sucia y repugnante del nazismo, que en realidad no era más que un fascismo con otras liturgias que ya fue un éxito también con Franco (el más longevo dictador sangriento de la historia), Mussolini y Stalin (un genocida como Hitler, pero usaba otro tipo de ornamentación).

Que sus jerarcas nazis quemaran a personas vivas en los hornos o los enterraran vivos, era algo que carecía de importancia y aplaudía el pueblo alemán, digan lo que digan. La sociedad alemana se convirtió en la primera muestra de salvajismo y perversión del ser humano (por lo multitudinaria) comandado por un líder sin carisma ni inteligencia; pero con gran difusión continuada en los medios de comunicación.


Hitler, el maricón fundador de la Alemania Nazi que se hizo popular, amo y señor de Alemania por aburrimiento y hastío con su presencia constante en todos los medios. Si hubiera existido internet en aquellos tiempos, hubiera tardado menos de dos meses en adueñarse del estado alemán.


Que tantos millones de personas se convirtieran en asesinos dice mucho de la mezquindad, indignidad e indecencia de aquella sociedad podrida de crueldad, codicia y analfabetismo.

De la misma forma, actualmente la sociedad acobardada se prostituye vendiendo por miedo su dignidad, incluso la libertad y la humanidad de sus hijos al neonazismo del cambio climático (primero fue coronavirus, insisto). Los costes que tiene que soportar la masa humana trabajadora, en cualquier otra época hubieran desembocado en revueltas, revoluciones, en guerras civiles.

La nueva dinastía de faraones es nazi y son malos, malos como Hitler; de hecho son sus hijos intelectuales (si hubiera intelecto en estos faraones). Porque si algo dice la historia, es que los líderes políticos no son inteligentes, solo tienen suerte durante un corto espacio de tiempo en el que roban y someten. Hasta que otros más podridos que ellos los apartan del poder, o una revolución a la francesa los decapita.

Esto no es una novela, es un terror real, ya instaurado.




Iconoclasta




17 de abril de 2020

Estados alterados epidemiológicos


Parece un tratado de medicina; pero no.
En todo caso sería algo relacionado con la psicología, con la psiquiatría para los más cobardes que no acaban de entender la esencia humana y sus aberraciones: Yo.
Estados de conciencia que en tiempo de epidemias o alarma social, me llevan a evadir la realidad mezquina que la masa humana, como si de un cocido se tratara, hace hervir en el aire apestándome ofensivamente.
Evadirme con absoluta ausencia de moralidades, incluso éticas. En los momentos menos indicados.
Aunque todos los momentos son indicados cuando he de evadirme de esta bazofia que me asfixia con cobardes mascarillas y guantes más cobardes aún.
Así que en la cola del súper, en el espacio que hay desde la entrada del local, hasta la tienda, estoy esperando mi turno de entrada, a una profiláctica distancia, marcada con cinta adhesivo en el suelo, tras de una mujer.
Tras de mí hay siete idiotas y delante cuatro, contando a la maciza tras la que me altero inevitablemente.
Lleva una mascarilla blanca estampada con florecitas en rojo y amarillo, los guantes azules, muy parecidos a los que se usan para limpiar la mierda pegada en el inodoro. Viste unos vaqueros de malla, tan elásticos que las costuras del tanga se marcan hipnóticamente. Y con precisión para saber el punto exacto por el que se la puedo meter. La polla, digo.
Sus tetas, pesadas y obscenamente oprimidas por un sujetador blanco, oscilan voluptuosamente mientras habla por teléfono.
Acaricio mi navaja en el bolsillo, escapando de la vulgaridad. Imaginando que corto esa malla a lo largo de la raja del culo, le empujo la cabeza hacia el carrito para que las nalgas se ofrezcan indefensas y, aquí mismo, desobedeciendo a las leyes de la cobardía al romper la distancia profiláctica, meterle la polla por la raja del culo.
Abrir la bragueta, sacar mi polla tan dolorosamente dura y restregarla entre sus nalgas, separándolas con las manos sin ningún cuidado, hasta encontrar su chocho y dar dolor a su coño.
El dolor de ella es mi placer, la cobardía de ellos mi superioridad. La vida real o la imaginada, tiene estas dos normas inviolables.
Metérsela sin desnudarla…
Metérsela y que le duela simplemente. No piensas en desnudar cuando lo que quieres es cazar, montar, follar para sentirte un poco libre ante tanta opresión.
Y bueno, si uno es león, no puede dejar tranquilas a las gacelas; es pura biología.
Tengo mis necesidades.
Y una sociedad que descuida a sus animales encerrándolos durante largo tiempo en sus madrigueras, debe pagar su ingenuidad idiota.
Al penetrarla noto en el glande cierta molestia intentando por intuición encontrar su coño.
Saco la polla y está manchada de sangre, huele mal. Y no he cortado carne, jamás corto por accidente.
La agarro del pelo lacio, suave, rojizo caoba, media melena; tirando con fuerza hacia abajo para girarla hacia mí.
Esto es un ejemplo de lo que comentaba, una alteración de mi estado en tiempos epidemiológicos. Ya no puedo discernir si en el bolsillo tengo mi navaja o su coño.
E imagino con nitidez como corto la blusa crema semitransparente desde el inicio del esternón hasta la unión de las copas del sostén.  He presionado el filo para crear también una superficial herida en la piel, el sexo con sangre es mucho más salvaje.
Manteniendo su cabeza doblada hacia atrás, separo la tela y le saco las tetas de las copas como si fueran fruta. Lamo la herida ensangrentada y llevo la mano a mi paquete para presionar el rabo que pretende escupir ya la leche. No se lo permito.
Grita y grita, así que le debo pegar un puñetazo en la mandíbula que se le desencaja; queda en shock. Su rostro se ha deformado; pero no importa, no soy delicado.
De vez en cuando, miro a los ojos de les enmascarados que observan atónitos. Tienen demasiado miedo para todo, miedo para ayudar, miedo a respirar, miedo a usar el teléfono para pedir ayuda. Porque si un cobarde observa lo que se le hace a otro de su especie, se mantiene en silencio, quieto, como si quisieran hacerse invisible.
Las cebras observan como es devorada una de las suyas por los leones, rumiando sin cesar.
Corto la tela que cubre su coño. El filo se hunde en su raja sin herir ningún tejido. Con el tiempo y la frecuencia, adquieres maestría en el oficio, en cualquiera.
Meto los dedos buscando su coño y con dificultad saco la compresa que gotea. Está menstruando. Premio doble, aunque apeste.
La compresa tirada en el sucio suelo parece una víscera ensangrentada, o el cadáver de alguna cosa pequeña.
A mis espaldas llora un niño y su madre horrorizada intenta calmarlo. Con la mano cubre sus ojos.
En mi estado alterado lo tengo todo: una navaja tan afilada como mi pensamiento, como mi odio hacia todo; inevitable, mortificante. Una hostil y enfermiza excitación sexual, un pene duro y mascarillas que son puro fetiche sexual en mi alterada conciencia.
Y la vuelvo a girar y doblar sobre el carrito de la compra y se la meto, la embisto hasta n veces y me corro.
Le ha dolido, estaba demasiado seca. Ha llorado y gritado lo que la mandíbula fracturada le ha dejado; pero en mi alterado estado sus gritos, paulatinamente se han convertido en un jadeo, en un gemido de placer y por fin, la muy zorra, me ha pedido más “Más fuerte, hijo de puta. Sé más macho”.
Me encanta la ilusión de ser maltratado, es un descanso a mi natural depredación, como unas vacaciones de mí mismo.
El semen que gotea de mi glande ensangrentado es rosado. Lo malo de follarse a una tía con regla, es que la sangre se coagula y por tanto se espesa y encostra con el calor de la fricción.
Y acabas con irritación de polla.
Yo no tengo el rabo circuncidado, no me mutilaron; así que mi glande es muy sensible a lo bueno y lo malo.
He mirado a mis espaldas, y los de la fila se han hecho a un lado para que no ser enfocados por mi visión alterada. ¿Lloro sangre o es que me he ensuciado de menstruación? ¿Me puede contagiar el virus la sangre de la regla?
Se ha dejado caer al suelo, sentada sobre el culo desnudo, con las tetas asomando obscenas y preciosas entre los jirones de blusa. Por sus muslos bajan chorretones de sangre como ríos en un mapa y de su coño gotea la sangre formando un charquito en el suelo.
Mi estados de conciencia alterados tienen una sordidez cinematográfica.
Su mascarilla se infla y desinfla al ritmo de su agitada respiración. La cortaré también, voy a meterle el rabo en la boca a través del agujero. Un agujero feliz… La pornografía es inspiradora.
Imagino mi semen escurriéndose por los bordes de la mascarilla, cuello abajo. Imagino que la leche se le mete en la nariz y la hace toser agitando con violencia las tetas. ¿En qué momento se las he cortado? ¿Por qué sangran sus pezones?
La polla huele mal y está pegajosa de sangre.
Vomita cuando siente que el glande empuja la úvula. La vida real no es una película porno donde respiran por la nariz soltando mocos transparentes y limpios. Donde son cuasi felices de sentir asfixia. No soy un lelo que se cree esa mierda.
Yo busco el vómito y el miedo. No esperaba menos.
Ahora no sé bien si mi estado de conciencia alterado es real o aún estoy esperando mi turno a entrar en el súper acariciando mi preciosa navaja de filo quirúrgico.
La gente me observa aterrorizada, inmóvil. Obedeciendo a la inviolable norma dictada de la distancia de seguridad en que la que les educaron hace unos días. Yo creo que tienen miedo a que les corte el hígado, o los intestinos, o les acuchille los ojos…
¡No jodas! ¡Es real! Definitivamente con esto del miedo al virus, se me ha ido la olla.
Y la polla, porque rima.
Hay semen, sangre, llantos y voces pidiendo piedad .
Mi novia llora quedamente mirando al suelo, al charco de sangre que se ha extendido hasta los muslos desde el coño.
Le doy un tajo en el cuello y le arranco la mascarilla de la cara. El semen se ha enfriado en ella y hay trozos de comida vomitada.
Y es como si hubiera muchos cuellos a la vez, porque se ha hecho un silencio tan denso, que vuelvo a confundir la realidad con un estado alterado.
Decido que ya compraré las pizzas congeladas otro día.
Me dirijo a la salida y la cola de gente se pega contra la pared rompiendo la distancia interpersonal para alejarse cuanto puedan de mí.
En una de las calles desiertas, me escondo tras un quiosco cerrado de lotería de ciegos y con la mascarilla sucia, me masturbo frenéticamente. Me esfuerzo por no gritar salvajemente.
Eyaculo poca leche esta vez; pero el placer es desmesurado, me tiemblan las piernas y tengo que dar calor a mis cojones cansados.
Mucho placer y poca leche. Bueno, nada es perfecto, me conformo con que sea sangriento y doloroso. Dejo la mascarilla colgada del tirador de la puerta del quiosco para que el ciego se joda.
La mascarilla da anonimato, el virus impunidad y la policía motivos para hacer realidad los sueños en el juego más adictivo en la historia del planeta.
Quién iba a decir que iba a vivir felices momentos en una cuarentena de miedo y muerte.
¿Cómo podía pensar esta lerda sociedad que al forzarlos a vivir en un redil y fieramente pastoreadas, abrirían las puertas a una bestia sin sentimiento humano alguno? Las presas humanas están absolutamente castradas de inteligencia, hasta las estúpidas ovejas saben que hay lobos.
Tendría que haber comprado las pizzas, ahora me apetece una, joder.
Se escuchan sirenas cerca. Cuando la bofia pregunte como ha ocurrido, solo encontrarán silencio y miedo. Una cuarentena es un estado de ocultación perfecto, las mascarillas dan un anonimato que el carnaval desconoce.
Esto de la cuarentena es un sinvivir y un presidio deprimente.
Bueno… a veces.






Iconoclasta
Foto de Iconoclasta

4 de octubre de 2013

La Parusía, segunda venida

 
Monto los dedos de la mano el uno sobre el otro en un ejercicio de elasticidad, coordinación y habilidad para formar una figura que no sirve para nada; me recuerda una caracola rota y duele un poco. Duele la hostia puta.
A según que edades, no hay que hacer este tipo de ejercicios. No es extraño que los dedos se hayan roto. Los huesos han rasgado la piel, pero no sale sangre; solo un polvo amarillento que se acumula en un montoncito encima de la página del cuaderno donde escribo.
Soy una momia que no debería haber sido expuesta al aire.
Conservo la mano derecha porque aún tengo locura que contar: "Padre, ahora sí te amo. Te perdono mi primer sufrimiento en la cruz. Las humillaciones que me hiciste pasar".
La vida se acaba cuando no queda ya nada que romperse.
Cuando me quito la ropa, en el pantalón hay piel pegada de mis nalgas, una calcomanía macabra que me recuerda que es hora de acostarse cómodamente en un ataúd y esperar que alguien cierre y selle la tapa.
Mirar parte de mi culo pegado en el pantalón es un aviso como el de los dedos frágiles de la izquierda mano.
Me sentaré a la diestra de Dios, y esta vez sonreiré.
Han eclosionado huevos en mi reseco tuétano, oscuras  cucarachitas de nerviosas antenas salen por los extremos de la falanges rotas y se detienen curiosas para examinar las palabras de la degeneración escritas en el papel, para después ocultarse deprisa entre las mangas de mi camisa.
"Si una vez busqué el perdón de los hombres, hoy ejecuto su destrucción desde la más sórdida y mediocre existencia, nadie creerá en nosotros, Padre. ¿Lo hago bien? Bendíceme Dios mío."
Supongo que la piel, la externa (la interior, el alma, es un cuero viejo y duro), tiene algo más de sustancia que la tinta seca que asusta a la humanidad.
Las cucarachas pueden elegir lo que comen como yo elegí: mi Santo Padre me dio a escoger entre redimir de nuevo o castigar e ignorar el dolor. Elegí lo segundo y sonrió.
No me puedo quejar, hubo un tiempo en el que violaba, asesinaba y desmembraba mujeres y niñas. Cuando disfrutas, la vida corre a velocidad super lumínica. Ahora me descompongo para llegar a  Mi Padre sin la humillación de una crucifixión que no sirvió para nada.
En un mundo de idiotas y cobardes me he hecho mi propio y discreto espacio y paraíso (uno aprende de los errores si no es demasiado imbécil).
Si pagas tus impuestos y consigues hacer creer que trabajas hasta el desfallecimiento por unas miserables monedas, puedes follar y asesinar todo lo que quieras y jamás pensarán que eres un predador; o un Jesucristo en su segunda venida.
 Solo hay que ser cuidadoso a la hora de dejar el cadáver, si puede ser, que no lo encuentren. Ni a mí cerca de ellos.
Me he rascado, siento comezón en mi costado izquierdo, cerca del corazón (esas cicatrices son eternas). Se ha levantado la piel de las costillas y la carne. Un trozo de pulmón negro ha salido formando un globito que se hincha y deshincha con cada inspiración y expiración.
Lo cierto es que hay más expiraciones que inspiraciones. Se nota que ya no se airea bien la sangre: una oruga ha salido royendo la ampolla pulmonar en busca de un aire más rico en oxígeno y con menos locura.
Es fácil llamar a esto locura cuando no se entiende la degeneración y la degradación divina.
La oruga se arrastra por mi costado para caer al suelo y con sorprendente agilidad, llega hasta el cadáver de la pequeña Lourdes de ocho años, se arrastra por su pierna izquierda y llega a su sexo impúber y macilento por la muerte de dos días para alojarse en su  raja ensangrentada por la impía dureza de mi falo. Se toma un tiempo de diez minutos para hacerse mariposa y desplegar sus negras alas mojadas, esperando que este aire infecto las pueda secar.
Ha preferido hacerse crisálida en un cadáver apestoso antes que en el cuerpo del Hijo de Dios. Mi Santo Padre tampoco es infalible.
Me levanto y dando una patada al coño infantil, aplasto a la mariposa de la muerte.
No tengo porque sacar el cadáver de aquí antes de que mi Padre me llame de nuevo a su lado. No me gusta el olor de lo podrido aunque sea yo la causa; pero no molesta. Será un muerto testimonio, como todos los de la biblia.
De la fosa izquierda de mi nariz se escurre una  baba rojiza y espumosa que cae en el diario, encima de la frase: "Los he matado con tanto placer, Padre mío, que mi pene incircunciso no descansa de una erección eterna".
Padre me apoya en cada acto de asesinato, en cada descuartizamiento.
Quemé un millón de judíos.
Ojalá hubieran sido aquellos que me apedrearon y me arrastraron hasta el bueno de Pilatos, que los despreciaba.
Lancé trescientos mil niños vivos a los hornos crematorios, yo era un soldado alemán que creía en su trabajo. Y me ascendieron a cabo del servicio médico donde arranqué más de diez mil penes circuncisos.
"Me gustaba especialmente ver a las preñadas judías a través de la pantalla de rayos X, y me fumaba cigarros mirando el feto, pensando en cómo se achicharraba en la barriga de su madre. Te lo debo a ti, Padre Mío. Te doy gracias por esta segunda oportunidad".
Metí cosas en los coños judíos deseando impúdicamente la venganza de aquellos hijos de puta que me asesinaron en Jerusalén.
Y se creían que mi segunda venida sería para dar nuevas esperanzas...
Idiotas.
Mi parusía ocurrió hace más de cien años, nadie lo supo. Mi Padre me dijo: Esta vez no sufrirás, gozarás, Hijo Mío. No hay que redimir, hay que castigar.
Nací en el seno de una mediocre e ignorante familia, y muy pronto, al cumplir los catorce, violé a mi madre con el pene de mi padre; se lo seccioné limpiamente mientras dormía y como hiciera dos mil años atrás, le di paz espiritual a mamá y la penetré con el pequeño pene mientras le hacía una gran herida en su seno izquierdo para arrancarle el corazón y ahogar a su marido con él.
Yo no la follé, me daban asco sus negros muslos ennegrecidos en las grasientas ingles. Su raja estaba casi siempre abierta por el peso de una barriga repugnante.
Disfruté más masacrando a mis padres que convirtiendo el agua en vino o caminando por encima del mar.
Durante decenas de años he matado todos los seres que he podido, viviendo en la oscuridad, en la ignorancia de la humanidad. No he sido líder, solo una bestia que acecha y mata.
Matar niños es la burla, venganza y escarmiento por aquella estupidez que una vez mi Padre me hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí.
"Santifiqué su muerte hundiendo los dedos en su sexo virgen y pinté la cruz en sus pechos apenas desarrollados con la sangre de su virgo roto. Luego le abrí la garganta con mis dientes. Llené un cáliz bendecido con su sangre, con su vida".
Yo he dicho ya cientos y cientos de veces: Dejad que raje a vuestros hijos y después os quemaré vivos a los padres.
Ahora muero ya agotado, cien años y pico son demasiados, incluso para Jesucristo resucitado.
Mis apóstoles son las ratas que alimento en el sótano de la casa. Les lanzo pequeños trozos de carne de pecadores para que coman, para que aprecien el amargo sabor de la humanidad.
Me acerco hasta el coño de la niña. Es sexo sin vello, me pregunto si a su edad pensaba que un día su vagina se tornaría peluda, que tendría tetas. Seguramente estaba a punto de pensar en esas cosas.
Le arranqué los ojos con un cuchillo sucio y mal afilado de cocina, no sé si gritaba por el dolor o por la violación, estaba demasiado ocupado derramando mi semen sagrado en ella.
Aparto a la mariposa que se debate en agonía medio aplastada entre sus pocos desarrollados labios mayores y metiendo el dedo en la llaga de mi costado para mortificarme, la lamo.
El sabor de la orina no es peor que el vinagre en los labios cuando estás muriendo en la Cruz.
Me sangra la lengua, está a punto de caer. Mi Padre no deja que mi degeneración física duela demasiado, solo un poco; pero no puede controlar la ponzoña que he acumulado a lo largo de estos años en mi mente prodigiosa y ejecutora de los más letales milagros.
Escribo: "La pequeña Lourdes es mi última víctima y la ofrezco en sacrificio a Dios, mi Padre. Me siento bañado por el Espíritu Santo. Me ha pedido cientos de veces en su cautiverio,que no  le hiciera daño. He llorado con ella, porque he sentido su horror en mi propia carne".
Cierro el cuaderno con toda mi vida detallada, para que la humanidad  sepa que se llevó a cabo la Segunda Venida. Y que el anticristo era solo un cuento de las mentes drogadas de mis apóstoles ignorantes.
A los ignorantes los has de alimentar con mentiras para que funcionen como quieres.
Morticia, la rata más vieja y gorda (está conmigo desde mi adolescencia) muerde el dedo pulgar de mi pie derecho porque ya está muerto. No me molesta, además, pretendo dejar un cuerpo completamente abominable para que se joda la humanidad entera.
Una luz blanca inunda esta casa en ruinas de suelo sucio y mugriento. Los rostros de tantos seres que he asesinado lloran en un sufrimiento eterno: reviven su tortura y muerte eternamente.
Mi Padre sabe ser impactante.
Morticia se lleva mi uña a lo oscuro y se la come sentada sobre sus patas traseras, observando como la luz me lleva al trono de la diestra de Dios Todopoderoso. Observando atentamente como mis brazos y piernas se desgajan como ramas podridas de mi tronco.
Había anotado en el cuaderno, escribiendo sobre la baba rojiza que se desliza de mi nariz corrupta: "Volveré si Mi Padre lo pide, y cuando me lleve por tercera vez a su diestra en el Cielo, os arrastraré a todos al infierno, judíos y hombres de mierda."
El cardenal Juan Bautista, recogerá mi diario por un mandato de Dios y será incluido en la biblia como el libro llamado Verdadero Testamento, a continuación del Nuevo.
El cuerpo de Lourdes será embalsamado y ocupará un lugar preferente en el Vaticano, para que todos sepan que se cumplió la parusía y que el apocalipsis solo era una colección de postales infantiles comparadas con lo que Yo Jesucristo , he ejecutado en el nombre de Dios Padre, del Espíritu Santo y de Mí Mismo en un misterio  que no es tal.
Soy libre, soy Dios y soy Espíritu. Me llevo la sangre de la humanidad como un sabor dulce en el paladar y en el alma.
No sé si volveré de nuevo; pero no lo deseéis jamás.
Una última anotación, antes de que se desprenda mi mano derecha:
"Ego no os absolveré jamás, jamás existió el perdón, judíos".




Iconoclasta

24 de abril de 2013

El sociópata perfecto




Una vez afirmó ante su mujer y su hijo e hija, que la sociedad estaba haciendo de él, el sociópata perfecto. Ellos rieron porque había un sarcasmo divertido. Es difícil discernir entre frustración e ironía si no se es viejo y perspicaz.
Demasiado trabajo y poco dinero. Demasiado esfuerzo para que otros treparan a sus espaldas para parasitar su sudor. Demasiadas obligaciones que no le dejaban espacio ni para el pensamiento.
Es un error cargar a una mente imaginativa con la monotonía y el abuso que imponen las instituciones y la vida en sociedad como una dosis de droga que se da a la chusma. El alcohol cumple su cometido.
Hay cosas que se acumulan como los índices de radiactividad.
Se despierta, caga y fuma, toma un café y fuma, toma sus bolsas de basura y fuma, sale hacia el trabajo, no fuma en el metro porque no hay lugar donde esconderse de tanta carne. Fuma en el trabajo a pesar de que está prohibido, ahí hay lugares, cagaderos donde fumar.
Un mando sin cerebro le da órdenes, él obedece pensando que es un tarado y que un día lo va a matar. Aún así se da cuenta, de que hay tantos idiotas, tantos que ponen sus huevos en su espalda y le hacen asemejar un sapo, que no los podría matar aunque naciera cien veces.
Abandona su trabajo, se mete en la sala de máquinas y fuma. Y sueña con ser malo, con dar una buena lección al mundo de mierda.
Llega a casa, la mujer aún está trabajando, sus cojones huelen a orina rancia y no se ducha. Más que nada para molestar a los demás, para que su olor de macho y cabrón ofenda el olfato de los otros.
Cuando se sienta en el sillón con un vaso de refresco y un cigarro, el vapor de sus genitales sube a su nariz y se siente muy salvaje. Son cosas instintivas. Sus sobacos huelen y a pesar de que ofenden a su esposa, no se lava.
Es una discusión sempiterna.
Por otra parte ha obedecido ya suficientes órdenes todos “los putos días de su puta vida”.
“Tiene sus prontos, pero es un buen hombre, un buen trabajador”, comenta a veces su esposa con amigas o con su madre las veces que se caga en dios o en la virgen.
Es lo mismo que decir que es un borrego al que se le permite balar de vez en cuando. Él no es un hombre bueno y afable; es un predador en esencia. Su dolor de cabeza lo confirma.
Se lleva las manos a las sienes, siente las venas irritadas y los huesos del cráneo como si se hundieran para presionarle el cerebro. Hay un tumor pulsando, aunque no lo sabe a ciencia cierta se lo imagina; siente una pelota dentro del cerebro y a veces se mueve en él.
Justo en el centro de su frente hay una presión que ningún analgésico puede aliviar y conecta directamente con su vientre, a menudo siente ganas de cagar; pero sus intestinos no tienen mierda en esos momentos.
Suena el teléfono:
—Diga —responde malhumorado porque se ha tenido que levantar del sillón.
—Papá, me tienes que venir a recoger al gimnasio a las diez.
 —Allí estaré —dice al tiempo que cuelga el teléfono.
—Coño. Me cago en dios… —no exclama, solo recita suavemente, con los dientes apretados.
Está molesto porque tendrá que bajar al parking a las nueve y media, sin haber cenado y meterse en el coche durante veinte minutos para ir a buscar a su hija, a Saray que tiene dieciséis años.
No es por cansancio, es por aburrimiento.
Enciende el televisor y escoge una película de ciencia ficción, donde los personajes están muy lejos, en lugares oscuros y sin vida donde un fallo es muerte segura. Aquí, donde él se encuentra un fallo es solo un acto más de monotonía que no trasciende.
Acaba la película y se dirige al coche.
Camino del gimnasio fuma de nuevo, a veces escupe sangre de lo irritadas que tiene las cuerdas vocales, no se da cuenta de que en la manga de su camisa hay unas gotas. Su cabello está apelmazado, cosa que ha visto y no ha reparado, más que nada para demostrar que no es un padre feliz de tener que ir a buscar a su hija cada dos putos días al gimnasio.
Está realmente cansado.
Cuando Saray sale del gimnasio, la observa como si fuera una extraña: un mallón negro delata una vagina abultada y su camiseta corta deja al descubierto un vientre plano y un ombligo con un piercing. Su hija parece tener veinticinco años.
Recuerda un pasaje de la biblia que citaban en un libro que leyó hace unos años, tal vez ayer porque el tiempo parece no transcurrir: “Ninguno de vosotros se acercará a un pariente para descubrir su desnudez. Yo Yahveh”.
Su hija no le gusta, le parece simplemente algo aburrido que ha salido de él, no le aporta ningún estímulo sexual su coño marcado o sus tetas que se mueven aún agitadas por la fatiga del spining.
—Hola papá —le saluda con un beso al sentarse a su lado.
—Hola —le responde encendiendo un cigarro.
Escupe y se le escapa la mucosidad.
—Qué asco… Deja ya de fumar un poco.
No le hace caso.
Cuando llegan a casa, acciona el mando de la puerta. El tiempo de bajar los tres pisos del garaje le ha pasado en blanco, son tantas veces que lo ha hecho, que no registra nada su cerebro de ese instante.
Cuando Saray se apea del coche, la observa subirse el mallón y ajustándolo más a su piel.
Se dirige a ella, la empuja contra el capó del coche y le mete la mano entre las piernas.
— ¿Qué haces? Esto no es una broma.
—Nada es una broma, Saray —le responde con desgana, rompiéndole de un tirón en la cintura la malla de gimnasia.
Un tanga rojo cubre escasamente su vagina. Ella le da una bofetada y él le devuelve un fuerte golpe en la sien con la almohadilla del puño. Su hija lo mira con los ojos abiertos de par en par, en el derecho se ha formado un feo derrame y de su boca cae un fino hilo de baba. Se derrumba encima del capó del coche.
Él la penetra sin quitarle el tanga. Se extraña ante la estrechez de su vagina, requiere un esfuerzo y le duele un poco el pene al penetrarla, no está acostumbrado. Ni siquiera le ha dado por culo a su mujer. De pronto siente que cede y todo su pene entra raudo de una vez, la sangre del himen rasgado corre por sus testículos. No es tan sugerente follarse a una virgen, la sangre molesta e irrita el glande con el continuo roce que exige la cópula.
Está a punto de eyacular, levanta la camiseta y descubre los perfectos pechos juveniles, le gusta como se agitan. Son iguales que los de su madre cuando era joven.
Se corre sin gemir, sin espasmos.
Sin limpiarse de sangre, se abrocha el pantalón, abre la puerta de su asiento y saca de debajo del asiento la barra antirrobo.
Golpea la cabeza de su hija hasta que el pelo se confunde con el cerebro.
Respira hondo, no hay furia y observa a su hija muerta como un problema resuelto y una lección a esta puta ciudad. Le preocupa la policía y piensa en como será la vida en la cárcel. O en un manicomio.
No quería matarla, y menos follarla; pero ha considerado que su vida necesita un cambio, le gusta imaginar lo que pensarán sus amigos y jefes, qué comentarán con la policía sobre el gran trabajador que era y lo que sin embargo, cometió. Se les pondrá la piel de gallina de pensar que ellos también podrían haber muerto en sus manos, por su simple capricho. “Era un hombre que pagaba puntual el seguro del coche”.
Cuando matas a tu propia familia, demuestras el desprecio más grande, el más obsceno.
Es así como lo ha decidido y lo ha hecho, es así como funciona de verdad y definitivamente, rompiendo todo vínculo de buen hombre y afable. No hay que ser muy listo ni muy desalmado para matar a nadie, basta con estar asqueado y aburrido.
Se siente bien porque ha hecho lo que debía, lo justo.
Sube a su casa, al quinto piso, cuando entra su mujer se está duchando.
Carlos, su hijo, no ha llegado, debe estar de camino de la universidad, tal vez se ha metido en un bar con sus compañeros a tomar una cerveza. Suele llegar a las diez, tiene veintiún años.
Entra en el baño.
—Hola Olga.
—Hola cariño, ahora salgo.
Está orinando y se observa la polla sucia de sangre con tranquilidad.
— ¿Otra vez estás fumando?
—Sí, coño.
— ¿Qué hace Saray?
—Se está cambiando de ropa en su cuarto.
Se le ocurre que podría follarse a la madre de su hija por el culo. Se dirige al cuarto y la espera tendido en la cama, no se preocupa de que la ceniza caiga en las sábanas.
— ¿Aún no te has cambiado? —le pregunta extrañada Olga al entrar en el cuarto.
—No, voy a salir dentro de poco —dice levantándose.
Se acerca a su esposa por la espalda en el momento que se envuelve la cabeza con la toalla y la lanza a la cama boca abajo para cubrirla con su cuerpo.
—Elías, que Saray puede entrar.
—Saray está muerta.
— ¿Qué has dicho?
Se saca el pene por encima del elástico del calzoncillo e intenta penetrar el ano de su mujer, pero no puede porque ella no deja de moverse y es virgen por el culo. Demasiado estrecho.
—Que me dejes, cabrón.
Olga se da la vuelta y le araña las mejillas.
Elías toma la lámpara de acero de la mesita de noche y le golpea la boca sin que Olga cese de gritar. Y la sigue golpeando hasta que las piezas dentales de la mujer saltan al suelo y a las sábanas. Hasta que la policía entra derribando la puerta de la vivienda, porque un vecino ha visto el cuerpo de Saray encima del capó del coche y ha dado el aviso.
Cuando los agentes separan los dos cuerpos, Olga tose escupiendo los dientes y las muelas, su mandíbula está deshecha. Un par de bomberos la cargan en una camilla y se la llevan a toda prisa.
— ¿Cómo puede haber hecho esto? —le dice el policía que le coloca las esposas.
—Lo dije, estaban fabricando al sociópata perfecto.
—Tú has visto demasiadas películas, hijo puta —responde el otro agente que lo encañona con el arma.
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Soy el fracaso de los psiquiatras, la vergüenza de mis padres, la decepción de mi hijo, el terror de mi esposa. En el centro de mi frente hay una presión que las drogas de los médicos no pueden aliviar, aunque yo les digo que sí, que ya no me duele.
Las sienes me laten irritadas donde tengo las cicatrices de los electrodos con los que me descargan electricidad para que me someta a ellos.
No conseguirán jamás que me someta de nuevo a nada de lo que han creado.
No importa el dolor que causo o he causado. No importa que le duela al puto Jesucristo si existiera. Mataría a mi esposa si pudiera y si resucitara el coño de mi hija, lo volvería a follar.
Mi sonrisa ha muerto, ya ni puedo ser cínico. No puedo esconder el desprecio que siento y el desencanto de vivir. Ya no puedo disimular mi hostilidad y peligrosidad. Los enfermeros me tratan con miedo y eso me proporciona erecciones.
Ayer violé a una vieja de noventa años del pabellón  de Alzheimer, me escapé tras la inyección sedante que pensaban me dejaba imbécil; pero soy listo. La vieja se lo dejó hacer todo, cuando me encontraron encima de ella, ya la había inundado de semen.
No quiero ser feliz.
No me interesa volver a aquella mierda. Aquí tengo pesadillas y experimento con algunas drogas que mi mente se escapa a lugares peores donde todo es maravillosamente desconocido y hostil. No existe la monotonía, la cotidianidad.
Podéis descargar vuestras electricidades en mis sienes; partirme los dientes con esas descargas a pesar del protector.
¿No os dais cuenta, tarados, que me faltan todas las muelas?
Las he destruido yo mismo apretando las mandíbulas cada noche al dormir, a lo largo de mi vida de mierda. Por asco, por desprecio, por una ira cancerígena que me hacía dormir tenso como la polla con la que violo.
Porque sabía que me quedaba por vivir años y años de lo mismo.
Pero rompí el conjuro.
Soy mejor matando que trabajando.
Y me alimentan igual.
Tal vez, y solo es una posibilidad, una par de minutos a lo largo de mi vida he llegado a sentirme contento a pesar de toda esa gentuza que he conocido y que pensaba que aún tenía que conocer.
Fijo la vista en un punto de las paredes alicatadas de blanco de este sanatorio y aunque cruce un humano mi campo de visión, no lo identifico, aunque lo haya conocido. La gente son cosas que se mueven.
Moribles… Matables… Violables…
He aprendido a ignorar a toda bestia viviente.
Y no me voy a dejar robar esta habilidad por muchas descargas que me deis en el cerebro, hijoputas.
Que alguien como yo haya conseguido vivir en esta sociedad y entres sus individuos, muestra una astucia en mí que no es habitual en ningún otro ser.
Si mi hija salió de mis cojones, tenía derecho a ser el primero en desvirgarla, no es malo a mis ojos (parafraseando al puto Yahveh de los judíos y cristianos).
Han pasado dos años y aún no me han doblegado. Soy tenaz.
Cuando todo el mundo pensaba que era un hombre integrado, estable y buen vecino, les enseñé una buena lección. Ahora que se metan todos sus juicios erróneos y su cultura de mierda por el culo.
Yo lo decía y pensaban los infelices que era una broma: “conmigo están creando el sociópata perfecto”.
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Han pasado cinco años y he aprendido de nuevo a ser astuto. Ahora me muestro cordial y sonrío. Los mediocres confían en mí, los títulos de medicina se rifan en una tómbola montada en un barrizal.
Me van a dar el alta, bajo vigilancia, claro. Y una paga hasta que me encuentren o encuentre trabajo.
Ahora mataré a mi hijo, mataré lo que quede de mi esposa y me volverán a encerrar y los volveré a engañar, porque los idiotas no aprenden nunca.
Odio al universo entero con una cordial sonrisa.
Soy la justicia que jamás existió.







Iconoclasta