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15 de abril de 2020

Una crónica decadente


Separó los muslos para que la humedad que llenaba la vagina, se extendiera y mojara los labios trémulos de deseo. Tan caliente…
Su coño era calefacción central.
Cuando la vulva se abrió el clítoris pareció expandirse, aflorando al alcance de sus dedos.
E imaginó la lengua que diera consuelo a esa pequeña dureza hipersensible que ocupaba ahora todo su deseo. Su pensamiento entero.
No pudo evitarlo y lo acarició con un roce leve como aleteo de mariposa. Se le escapó un ¡Ay! que era un gemido suspirado, no vocalizado.
De su coño manó una gota espesa que se deslizó hasta el ano haciéndole desesperar por un pene que la llenara, que bombera en ella con dureza, sin piedad.
 Sus pezones se endurecieron, los oprimió violentamente entre sus dedos.
Y el dolor era excitante, de sus pezones bajaba como una descarga al ombligo, al vientre, a lo más profundo de su coño que palpitaba como si fuera un corazón.
Y tomó el Santo Cepillo de los Cabellos del Señor y llenó con él el vacío de su vagina anegada.
Las ingles temblaban con espasmos repentinos, el chapoteo en su vagina, la saliva que se le escurría por las comisuras de los labios entreabiertos con cada gemido, su espalda que se arqueaba, la mano frenética agitándose entre los muslos… Era la absoluta Sinfonía del Placer Desatado.
Se corrió en una sucesión de espasmos que la agotó hasta las puertas del desvanecimiento.
Sus dedos pringados y resbaladizos untaban los pezones erizados con desidia, mientras el corazón bajaba el ritmo.
Con mis manos dejé caer gotas de agua fresca en sus labios, en sus pechos, en el monte de Venus para que se deslizaran por su raja brillante que alojaba el Santo Cepillo y parecía vivo, orgánico allá dentro de su carne.
Estaba desesperado de observarla, mi glande amoratado, mis cojones plenos, me dolían los conductos seminales. Desanudé la cinta roja que estrangulaba mi pene muy cerca del escroto.
Saqué el cepillo y se lo metí sin cuidado. Gritó obscenamente con una risa deforme y alzó las rodillas hacia el pecho para que la follara en lo más profundo.
El semen ya brotaba cuando se abría paso el glande por los labios de aquel coño enloquecedor.
Y eyaculé en torrente en su alma, de tan profundo que llegué.
El semen rezumaba por la quieta cópula, se enfriaba escurriéndose por mis huevos.
El sacerdote bendijo nuestra unión dejando gotear la cera caliente de un velón amarillo en los sexos encajados.
Y dolió. Ella me insultaba con palabras sucias en el Obsceno Altar de Nuestro Señor, frente a los padrinos, los testigos, la familia y los invitados a la ceremonia.
Salivaban como bestias en celo…
Nos observaban sentados en los bancos de la iglesia, con admiración, mordiéndose los labios rijosamente, había pantalones con oscuras manchas genitales…
Nuestra boda fue emitida en streaming a todo el planeta.
En la pantalla sobre el altar, los tuits de niños, mujeres y hombres; nos felicitaban.
Los presentes, lanzándonos arroz, nos desearon larga vida en nuestro nuevo cargo en la presidencia mundial. Y cada uno de ellos besó nuestros sexos desnudos y húmedos a las puertas de la iglesia.
El bebé engendrado en la boda tras el parto lo donamos a la fundación “Por una infancia puta”.





Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.

11 de mayo de 2015

El más obsceno sacrilegio


Ilustración de Sacrila

Si Jesucristo nació para redimir a los humanos, ella nació para condenarme.
Ella es mi Cristo obsceno.
Proclama el amor que he buscado en todas mis vidas.
Está alojado en su corazón, bajo la contundencia de sus pechos voluptuosos, en su abdomen tatuado por dos lobos que la adoran como la única deidad, en su cabellera de zafiro deshilachado que cuelga como un manto de noche hasta su cintura.
Y sus ojos tan grandes, tan oscuros... Penetran hasta el más negro rincón de mi cerebro y lee todo lo que soy, todo lo que seré, lo que no seré. Y lo que es peor: lo que fui.
Alza sus brazos en cruz, inclina la cabeza a un lado y exhibe una sonrisa insolente imitando al crucificado en un hermoso y obsceno sacrilegio.
La amo con la fuerza de la naturaleza más pura, más instintiva.
Con el rabo duro hasta doler.
¡Qué valiente, qué oscura, qué blasfema!
Me arrodillo ante ella en rito de adoración lamiendo sus muslos, tan cerca del coño que siento su piel erizarse.
Aferra con el puño mi cabello corto y me obliga a mirar sus ojos. Sus ojos, por dios...
"¡Ámame con toda tu sangre y con la mía!" me susurra haciendo del mundo un lugar mudo y sin sonido.
Y deja caer una gota de saliva en mis labios entreabiertos.
Grito mi desesperado deseo metiendo las manos entre la raja de su túnica roja, clavando las uñas en sus piernas. Desgarrando lenta y contenidamente su piel.
Gime de nuevo, y me sonríe con los brazos en cruz, no me perdona, me incita a más.
"¡Mirad, fariseos, así se ama. Amar debe doler!
El nazareno se equivoca, el nazareno solo os vende muerte con sabor a hostia", grita a los idiotas que nos observan con miedo y sin comprensión en sus vacunas miradas.
No puedo dejar de amarla y condenarme a ella.
Es mi único y sagrado sacramento.
Ella dice: "No has de ser perdonado, amado mío. Solo ámame y sé amado y esperemos así la muerte que nos eternizará en la Constelación de las Rasgadas Pieles".
Y lloro arrodillado ante ella, invadido y condenado por su amor, con los dedos crispados en su piel, manchados de la sangre hermosa que describe ríos de rubí descendiendo sus piernas.
Jesucristo mira horrorizado a Dimas, el buen ladrón, buscando comprensión y consuelo a su propio dogma incomprensible y sin fuerza.
Vacío.
Nuestros jadeos de amor y deseo inundan el Calvario en ecos que nos hacen trascender más allá de la bondad y la maldad en una obscena comunión.
Somos el más obsceno sacrilegio en este Valle de Idiotas.
Rei simus...



Iconoclasta