17 de julio de 2017

La envidia


Todo es un craso error y la sociedad está podrida desde sus bases.
Lo que se desarrolla socialmente es un tumor, algo cada vez más corrupto, generación tras generación.
No se puede edificar sobre la envidia y la ambición, sobre el genocidio y su hipocresía, sobre la ignorancia y la cobardía. No puede salir nada bueno.
No ha salido nada bueno.
Hay tantos asesinatos y abusos como conciencias se deben confundir y engañar para que el ser humano siga dejándose llevar por una élite de seres especialmente envidiosos y ambiciosos.
Se debe hacer creer a la gelatina humana que genocidios y crímenes sistematizados son hechos aislados, esporádicos. Que nadie y menos en estos tiempos de libertad y comunicación, conseguirá exterminar sistemáticamente una raza o pueblo.
O al menos, a quien no se lo merezca.
Está ocurriendo y seguirá haciéndolo porque es una cuestión de envidia, el motor de la humanidad.
Nadie que haya comprendido la historia se atrevería a decir que no volverá a ocurrir, ya que caería en la idiocia y la ignorancia.
Y no hay ignorancia cuando de exterminar en masa se trata.
Los ignorantes son simplemente hipócritas, la cara más repugnante de la envidia y moralidad. Los ignorantes lamen los genitales de los verdugos por unas migajas y son agradecidos porque sus amados asesinos, descuartizan a los que envidian. Y cuando se destruye a los seres que se envidia, no es crimen, es ley. La ley que con absoluta falta de ética y con total descaro y obscenidad llaman justicia. Como un mal chiste que insulta mi inteligencia.
La justicia agusanada, podrida de la sociedad, de lo colectivo. De lo ignorante e hipócrita. De lo envidioso y baboso.
Si el ser humano fuera consecuente, haría de los cementerios cagaderos. Mearía y cagaría asqueado sobre las tumbas de los antepasados envidiosos, de sus padres y abuelos hipócritas y asesinos secretos y anónimos, que en sus humildes pocilgas educaron a sus hijos, o dejaron que otros los educaran para que fueran exactamente como ellos. Porque los padres son envidia pura y no quieren hijos mejores, los quieren igual que ellos o peores.
"Porque los exterminados, algo habrán hecho".
"Porque si te asesinan es porque te lo has buscado".
"Porque hablan demasiado".
"Porque han ganado demasiado dinero, más que yo".
Eso dicen, eso piensan, eso creen los humildes, los trabajadores, los ciudadanos; credos de una doctrina ponzoñosa que me dobla en una náusea.
Los que buscan el trabajo en equipo, en colaboración; para que nadie sobresalga. Eliminar la creación de un individuo, parasitarla.
El fútbol es el deporte de masas porque es la demostración práctica de la destrucción del individuo. Y porque juegan mientras queman niños en hornos secretos que humean las veinticuatro horas del día. Niños que se lo merecen.
Porque los famosos reyes del dinero, políticos, empresarios y vendedores de droga y putas, no pueden ser tan malos.
Porque a los cerdos asesinos con lujosos coches, collares y relojes de oro, se les admira porque son la consecuencia de una sociedad vomitiva que cultiva mierda y la caga y la come y la caga y la come y la caga.
Y el miserable no quiere ser valiente, ni fuerte, no quiere saber. Solo quiere ser como ellos, como los puercos que hablan en la televisión, los que protagonizan noticias en las que aparecen junto a mareas humanas o sobre pilas de cadáveres.
Y el miserable es el correcto e integrado ciudadano que cuando funcionen hornos crematorios, dirá que solo se quema carbón. Y se abotonará su abrigo con botones fabricados con los huesos de quien se merecía ser exterminado por ser mejor que él.
La envidia es lo que hace avanzar la sociedad, la inteligencia y la integridad son los estigmas sociales, lo que debe ser extirpado.
Y mientras arden los que se lo merecen, el buen ciudadano leerá emocionado las falacias repugnantes de bucays  y cohelos. Y se creerán cosas de bondad, optimismo y paz espiritual. Porque ellos lo valen, porque ellos lo envidian enfermizamente.
Dadme una tumba al azar y encontraré la verdadera paz y justicia al cagar sobre ella.




Iconoclasta

16 de julio de 2017

T.Rex


Sentado bajo la sombra de un árbol en el claro del bosque, me recupero de la larga caminata.
Dolor, sudor, cansancio y al final: sombra y aire fresco.
Y te das cuenta que no quieres nada más que esta libertad del esfuerzo y el reposo.
Sin rendir cuentas a nadie, sin medir el tiempo.
Cuando se mide el tiempo, se calculan las horas de hastío acumuladas y las futuras. Tengo un buen reloj; pero no lo miro cuando estoy aquí. Solo miro el cielo y las cosas que se arrastran y se mueven.
Cuando cierras los ojos en un placer, dejando que caiga el sudor por los párpados y el rostro, el tiempo deja de existir.
Entonces el sonido del planeta: el rumor de las hojas, el viento irrumpiendo en los oídos, el piar, los graznidos, los zumbidos de los insectos, animales que observan desde la espesura... Actúa como un tonificante, una estamina.
Es inevitable asumir que perteneces a la espesura, asumir la propia naturaleza olvidada.
Me pongo en pie y tomo un estrecho sendero, un camino hecho por animales, con el sonido del bosque vibrando en el vello de mis brazos.
Identifico en la distancia unos pasos y de forma instintiva hago los míos silenciosos.
Escrutar y acechar. Es algo tan viejo como la montaña.
Es un macho adulto, en torno a los treinta. Delgado, de paso relajado. Demasiado relajado.
Nadie debería relajarse, excepto cuando estás a cielo abierto.
En el bosque somos muchas las bestias. Es un fallo recurrente.
Escucha música, lleva auriculares. ¿Quién puede preferir la música al concierto de vida que es la montaña? ¿Es por miedo a lo que oyen y no ven? ¿O es que miden el tiempo por canciones? ¿Cómo se puede sacrificar la maravillosa soledad de la naturaleza con una vulgar música?
Dejo de ser cuidadoso y acelero el paso.
Cuando escuchan música, no se dan cuenta de la muerte hasta que les entra por los ojos y les roba la fuerza del corazón y los pulmones.
En el momento en el que saco el cuchillo de la cintura del pantalón y cierro el puño en él, siento que soy más, que soy antiguo. Que soy lo que murió hace miles de años.
Si no escuchara música, se hubiera dado cuenta de que los pájaros han dejado de piar. Ellos saben, ellos conocen cuando es el momento de la caza.
Llego hasta él y le clavo la hoja bajo la mochila. He atravesado el riñón, lo noto por la facilidad con la que ha entrado de repente el acero.
Las vísceras son como una bolsa de vacío en el cuerpo.
Cuando has matado a unos cuantos, encuentras la lógica de todo.
Apenas puede gritar, cuando se ha girado con gesto de sorpresa, le he clavado de nuevo el cuchillo en el cuello, en el lateral derecho. Y lo he sostenido firme observando sus ojos mirarme asombrado y tembloroso.
Me gusta sentir la muerte, es como una descarga eléctrica suave que va de mi mano, por el cuchillo y luego entra en la carne ajena y en su sangre.
Cae al suelo y asesto otra puñalada en el pecho que apenas hace nada, ya que las costillas son un fabuloso escudo que protege al corazón. Clavo en el estómago, el vientre y en los muslos. En los muslos, si tienes suerte, puedes trinchar la femoral y todo es más rápido.
Se ha quedado inmóvil, con la boca abierta en un gesto de dolor y miedo, los ojos aún brillan aunque están muertos. Su rostro está salpicado de gotas de su propia sangre. Uno de los auriculares sigue en su oído y el otro emite un ruidito agudo que no me gusta.
No sé que hora debe ser, es algún momento de la tarde, la luz es amable.
Limpio el cuchillo en su ropa, saco de la mochila la cantimplora y doy un buen trago para recuperar el aliento. Matar es un ejercicio explosivo.
Me hubiera gustado que fuera mujer, estoy caliente. La hubiera follado una vez muerta, cuando aún está elástico y templado el cuerpo. No soy necrofílico; pero violar a una mujer viva requiere mucho tiempo y esfuerzo, demasiado ruido. Sé muy bien lo que digo, veinte años como cazador me acreditan como experto.
Antes de que me tocara la lotería, trabajaba como impresor. Mi vida era triste y gris como una pegajosa tinta que me impregnaba la piel y el ánimo.
Y no puedes permitirte que algo falle cuando la libertad está en juego.
Hace dos semanas casi decapito a una madura de unos cincuenta. Su vagina estaba seca, así que escupí para lubricarla y me corrí en ella.
Aún figura como desaparecida, lo dicen las noticias. La oculté muy bien en la profundidad del bosque. Lejos de cualquier camino para que la fetidez de su cuerpo en descomposición no llamara la atención de ningún excursionista.
No tengo ningún interés en ver los restos de mis presas. No soy sentimental y no me llevo nada de ellos, salvo si tienen tabaco o dinero en efectivo.
Porque el dinero, fuera de la naturaleza es un medio necesario para la subsistencia. Y nunca se tiene suficiente.
Arrastro el cadáver entre las espesura hasta que siento que estoy agotado.
Camino de vuelta tranquilo, con los ojos entrecerrados por el rumor del bosque, una brisa suave que mece dulcemente las ramas de los árboles.
Incluso se escuchan lejanos truenos.
Es perfecto.
Ya no recuerdo en que momento del año pasado; pero cacé un matrimonio con dos hijas pequeñas. Acuchillé en la nuca al padre que murió en el acto, a la madre le clavé el cuchillo en uno de sus pechos, pero las malditas costillas la protegieron. Tuve que rajarle el vientre y luego el cuello. Las niñas durante los segundos que duró la caza, se quedaron llorando ante mí y sus padres. Les corté el cuello rápidamente. Apenas hicieron nada para evitarlo. Siempre me despierta cierta ternura la caza de las crías. No es ético cazar animales tan jóvenes; pero me es imposible privarme de un placer.
Es entonces, ante la inmovilidad del pánico que paraliza a las presas, cuando te das cuenta de tu poder, de tu absoluta posición en la naturaleza como depredador rey.
La vanidad es un premio que paladeo con delectación.
Soy vanidoso.
Pero sobre todo libre.
Absolutamente libre y salvaje.
Ahora me queda un buen trecho de camino para volver a casa; pero me siento bien, es un día hermoso y mi corazón late a buen ritmo, aún agitado por el frenesí de dar muerte.
Soy un tiranosaurio fuera de tiempo, fuera de lugar, fuera de la moral y la piedad.
Soy un T. Rex que ha usurpado el cuerpo de un hombre.
Es pura vanidad y orgullo.




Iconoclasta

11 de julio de 2017

Jodiendo



¿Y si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen?
Tantos seres reproduciéndose sin control...
Los humanos como plaga.
La mediocridad eternizada sin que nada pueda detenerla.
Una blasfemia que me haría vomitar.
El acierto de las religiones no reside en la bondad y el amor predicados.
Reside en el mal, en su continua enumeración de delitos y pecados.
Las religiones piden violencia, dolor, abuso y muerte para poder condenar y castigar.
Porque el premio es post-mortem.
No importa, estoy yo, estamos nosotros para corregir la falsedad, la falacia, la ignominia de una bondad que nace de los cerebros blandos e inefectivos.
Cuando te follo, hay momentos en los que me siento metafísico, estar dentro de ti es el mundo sin errores, sin asco.
Y así, mientras mi falo hace su trabajo en tu boca, en tu coño y en tu piel. Yo sueño que te jodo encima de una montaña de cuerpos moribundos y muertos.
Que mi semen gotea por tus nalgas sobre rostros cadáveres y rostros que agonizan de dolor y miedo.
Que miro el mundo con el ojo ciego y cerrado de mi glande supurando deseo.
Rostros muertos y rostros gimientes.
Si no hubiera enfermedad, hambre, sed, guerra y crimen; la humanidad tiene una esperanza de no convertirse en rumiantes: Tú y Yo.
Yo dentro de ti bombeando en tu coño mi amor y hostilidad innata. Te llamo puta jadeando con baba colgando de mis labios.
Y tú gritándome: "¡Párteme en dos con la polla, hijo de puta, animal!".
Y ellos agitados por el movimiento brutal de nuestra cópula, los muertos y los que han de morir.
Y ante los sanos, los saciados, los bondadosos; dejando caer sobre sus bocas satisfechas mi leche y la baba de tu coño espesa y obscena.
Somos el obsceno reducto de la dignidad humana. Los guardianes de los más primitivos instintos.
Semen, fluidos y jadeos se derraman sobre la faz de la bondad y la maldad.
Sin importar quien vive o muere.
Quien sufra o goce.
Quien llore o ría.
Somos el contrapeso amoral de toda ley o norma.
De toda adocenada bondad farisea.
Benditos los hijos que no nacerán de nosotros.
Yo te jodo sobre muertos y vivos.
Tú gimes y te arqueas sobre pieles frías y enfebrecidas por la muerte que avanza como una sanguijuela ávida.
Derramamos la leche estéril de la ira y la animalidad que nadie quiere.
Solo nos espera la muerte, jodamos.
Jodámoslo todo.




Iconoclasta
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6 de julio de 2017

Los tañidos del deseo



El monasterio es casi tan viejo como mi pensamiento. Y a pesar de ello, sus incansables campanas marcan las horas infaliblemente.

Las horas de besarte, abrazarte, follarte...

Si hubieran sabido aquellos benedictinos, que cerca de 1200 años más adelante, sus tañidos serían confundidos con la llamada del deseo; en el monasterio no habría una virgen.

Ni tendría su nombre.

Besaría las piedras de sus milenarios muros cuando las campanas toquen el arrebato de la pasión. A cada hora, a cada media, a cada cuarto...

¿Ves cómo es mi amor de antiguo, amada mía?

Soy un amanuense preso en un scriptorium, pergeñando frenético en recias y toscas hojas de papel las indecencias y blasfemias de amarte con cada tañido.

A cada hora, a cada media, a cada cuarto...



(Foto: Monasterio de Santa María de Ripoll, idealización)






Iconoclasta
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3 de julio de 2017

Solo una sombra


No pido mucho, incluso demando no vivir del todo.
Solo quiero ser una fría sombra, incorpórea.
Un suspiro de deseo feroz, oscuro y frío.
Un fantasma, un anti héroe del amor.
Sería la forma perfecta de deslizarme por tus piernas. Arriba, a lo profundo.
Cubrir de mí tus muslos calientes para que cedas calor a mi oscura frialdad.
Es una ley termodinámica y el principio fundamental del amor: el intercambio de temperatura. Lo frío roba el calor que necesita.
El tuyo...
Ese calor que radia de esos mudos y secretos labios que tus muslos esconden.
Me basta con ser incorpóreo, un frescor en tu coño caliente; sin que nada ni nadie pueda evitarlo.
Ni tan siquiera tú al ver la sombra que te cubre.
Un soplo que separe tus piernas. Un frío penetrante que cierre tus puños con fuerza y lujuria. Desesperada...
Seré la oscura blasfemia lactante en tus pezones y los erizaré hasta que te muerdas los labios y te sangren de placer.
No... No quiero ser carne, sería imperfecto, no bastaría para cometer todas las inmoralidades que deseo hacer en tu piel.
Dentro, más adentro...
Penetrar en tu mente por la boca, como un hálito frío. Y poseer tu pensamiento.
Esclavizarte de amor.
Follarte impunemente, salvajemente.
No quiero el cuerpo, la carne no permite que te joda tan profundamente.
Quiero tus dedos en tu propio coño, acariciándome, excitándome. Porque estaré ahí.
Eyacular mi suspiro y que se derrame en torrente salpicando tu vientre. Un oscuro soplo en tu coño palpitante.
Tal vez ambiciono demasiado.
Tal vez te amo desesperadamente.
Ser la sombra, la oscuridad que te adora...

Labitur umbra corpus.
(Una sombra que se desliza por tu cuerpo)





Iconoclasta
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26 de junio de 2017

El alma arrugada


Ocurre sin motivo aparente, como una aleatoria reacción química: se desprende una lágrima que corre por la mejilla y desaparece en la comisura de los labios.
Es el roce de su caída por el rostro una caricia tierna e incomprensible que sacude una emoción profunda que me lleva a buscar oscuridad; pero cuando el sabor salado impregna la boca, convierte mi alma en un papel arrugado por un puño inmisericorde.
Y pienso, aunque no quiera, que hay infinitas razones para llorar. Tan solo dos o tres para no hacerlo.
El sabor de la melancolía, la tristeza y los dolores es salobre y no da consuelo.
Se nubla la vista porque esa lágrima provoca otra, y otra, y otra...
A veces se rompen muros de contención.
Hay días para un llanto de sereno dolor, de bella melancolía.
Y siento que soy papel arrugado, que un puño invisible se cierra en el corazón y sin querer, llevo la mano al pecho para mitigar algo que está demasiado profundo.
La mano hace lo que puede.
Pobre mano...
"¡Por favor, ya está bien, ya vale! ¿Qué ocurre? No es necesario esto", me digo mirando la penumbra a través de una nebulosa húmeda con ojos desenfocados.
No quiero verme a mí mismo, quisiera fundirme con la oscuridad y dejar de sentir.
No quiero ver las lágrimas.
Cada lágrima refleja muertes pasadas, cosas malas que ocurrieron y cosas hermosas que no ocurrirán.
Hay un niño reflejado, encerrado en una bola de cristal. Marchito por la sal de las lágrimas. Y sonríe, no sabe que murió.
Él nunca supo que habrían llantos traicioneros e imparables.
Riadas de pena...
Siento una ternura infinita por él, porque no sabía lo que iba a ocurrir. No podía imaginar tan pequeño, que habían tantas cosas imposibles.
Tantas malas personas...
Me parte el corazón verlo sonreír en su lágrima de cristal.
Yo no podía saber entonces...
Hay amores que se deslizan ahogados por el rostro.
Sueños ajados que tiñen de negro las lágrimas.
Las últimas llevan muerte, que es paz y descanso. Esperanza de que este llanto ya no puede durar demasiado.
No quiero que las vea el pequeño de la lágrima de cristal, que siga sonriendo.
Y por fin, tras el llanto, llega una triste sonrisa de comprensión y ternura. 
Todo lo que quedará de tanto llanto, es solo eso: un papel arrugado.
Y mi alma en él.



Iconoclasta
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21 de junio de 2017

Yo vapor


Es como si el planeta sintiera mi desdicha y me habla con metáforas en tristes e íntimos días de tormenta.
Como si me entendiera.
Podría haber sarcasmo por su parte, lo entendería. Yo soy sarcástico, soy la burla de mí mismo.
Pero lo peor, es que siento que se apena por mí, que soy un mini-ser digno de ser compadecido.
Y me da de lleno en la dignidad y fumo rabioso y hiero la corteza de los árboles para ser indigno de lástima.
El mundo dice que tú eres la poderosa y voluptuosa montaña.
Y yo la efímera nube que se arrastra por ti, sobre ti. Quisiera cubrirte toda; pero eres inabarcable.
Me empeño en amarte más allá de mi corta de vida, más allá de mi lugar.
No lo conseguiré plenamente, no hay tiempo y no soy más que vapor.
No soy poderoso, soy un mierda.
No importa, me basta arrastrarme sobre ti y sentir tu latido de vida.
Debí haber sido árbol para penetrarte, estar en lo más profundo de ti.
Alguien cometió un grave error conmigo.
Y solo soy un rebelde jirón de nube que se rebela contra el cielo. Que no quiere estar allá arriba, quiero estar contigo.
Si pudieras entrever por una milésima de segundo mi drama de amarte, la montaña se desmoronaría de pena.




Iconoclasta
Foto de Iconoclasta.